𝘗𝘈𝘐𝘑𝘈𝘕, 𝘛𝘖𝘙𝘖𝘚, 𝘗𝘖𝘓𝘝𝘖 𝘠 𝘍𝘌𝘓𝘐𝘊𝘐𝘋𝘈𝘋

Foto: Herencias en el Albero

Deja te cuento, estuve en Paiján y volví cansado, empolvado… pero feliz. Muy feliz.

El viaje desde Chiclayo ya venía cargado de expectativa. No era solo ir a una corrida más, era ir a buscar algo distinto, salir de la rutina, conocer un pueblo, una plaza, una manera de vivir los toros. Y Paiján cumplió. De sobra.

Llegamos con un calor infernal, de esos que te hacen pensar dos veces si salir o no. Pero ahí estaba la gente: alegre, amable, cercana. De esas veces en las que uno siente que no es visitante, sino parte del lugar. Se comió bien, se conversó mejor y, poco a poco, el ambiente empezó a oler a tarde de toros.

Cuando nos acercamos a la plaza, todo era algarabía. La plaza se llenó. Verla así, repleta, viva, ya te predispone bien. Te pone contento antes de que salga el primer toro. Y sí, había polvo, mucho polvo. Pero ¿sabes qué? Polvarse fue parte de la experiencia. Salir lleno de tierra fue casi una medalla. Era señal de que lo habíamos vivido de verdad.

Foto: Herencias en el Albero

Me senté y empecé a mirar alrededor. Mucha gente joven, muchos niños. Y eso, para mí, como joven aficionado, vale oro. Al costado nuestro había un niño, solo, en primera fila. Sus papás estaban varias filas más atrás. Me puse a conversar con él, a explicarle lo poco que uno va aprendiendo con el tiempo. Ver su emoción, sus ojos atentos, su curiosidad… eso llena más que cualquier trofeo.

Más adelante vi algo que me marcó todavía más: un bebé. No hablaba, pero aplaudía, gritaba, se expresaba. Algo estaba sintiendo, algo le estaba gustando. Una familia desde la ventana de su casa, feliz, emocionada, a gusto. Y ahí entendí, una vez más, que la tauromaquia también se vive desde la emoción más pura, incluso antes de entenderla.

Foto: Herencias en el Albero

La gente pedía orejas, celebraba, disfrutaba. No voy a entrar en si eran merecidas o no. Hoy no. Porque cuando el público está feliz, cuando la plaza vibra, uno como espectador también se llena. Claro que hay que ser críticos, claro que hay que analizar. Pero ayer fui a disfrutar. Y disfruté.

En lo artístico, la tarde tuvo momentos importantes. Jesús E. Colombo volvió a demostrar por qué conecta tanto con el público. Su forma de estar en la plaza, su dominio de los terrenos, su capacidad para resolver la lidia y, sobre todo, ese arte con las banderillas que ya es sello suyo, hicieron que su actuación fuera una de las más celebradas. En el cuarto, lo cuajó en los tres tercios y terminó siendo el triunfador del festejo.

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Julio Alguiar dejó una actuación que, personalmente, me gustó mucho. Se le vio disposición, actitud y ganas de ir siempre hacia adelante. Hubo muletazos con profundidad, con verdad, y una entrega que el público supo valorar. Su paso por Paiján no pasó desapercibido.

Foto: Herencias en el Albero

Ángel Puerta y Adrián Henche completaron el cartel en una tarde donde, más allá de detalles técnicos, lo que quedó fue la sensación de haber vivido algo bonito. Se lidiaron seis toros, con presencia dispar, pero suficientes para sostener una tarde entretenida y emotiva.

Al final, ya de noche, la fiesta siguió. La gente seguía alegre, celebrando. Nosotros terminamos empolvados de pies a cabeza. Parecía que también habíamos toreado toda la tarde. Pero nadie estaba molesto, nadie estaba descontento. Todo lo contrario.

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El regreso a Chiclayo fue silencioso. Cansancio puro. Dormir y dormir. Pero con esa satisfacción que solo te deja una buena experiencia taurina. De esas que te llenan, que te confirman que vale la pena ir, viajar, conocer pueblos, plazas, personas.

Paiján nos recibió de la mejor manera. Con cariño, con toros, con alegría. Y yo me fui contentísimo. Feliz y agradecido. Convencido de que hay que ir a los toros, hay que moverse, hay que vivirlos. Porque cuando se viven así, la tauromaquia no solo se ve: se siente.

Y por eso te pregunto ¿Y si vamos a los toros?


Jorge Abanto

Herencias en el Albero

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